Los ejemplos que la juventud da

Por Omar Villalba

Hace tiempo le dedicamos varios artículos a la educación en medio de la pandemia que azota al mundo. El coronavirus está haciendo estragos en nuestra población, y fuera de nuestras fronteras ni hablar. Aun así hemos encontrado la forma de sobrellevar esta carga. Para algunas personas ha resultado un reto, en gran medida por su forma de ser. A otros le ha resultado más sencillo, aunque ya a esta altura del año hay muchos resistentes que se han quebrado. Pero, quienes han llevado el golpe más fuerte cuando hablamos de la incidencia de esta enfermedad en lo social, han sido los chamos.

Sean introvertidos o extrovertidos, socializar es algo necesario en proceso de formación. La gente, en términos sociales, se nutre de tres grandes fuentes: la familia, escuela y la sociedad. En la primera están las bases que van a condicionar el proceso de interacción con los demás. La segunda, aparte de darle las herramientas para desenvolverse en la vida, le brindara los escenarios seguros donde, en términos de sociabilización, estos valores y herramientas pueden ser probados. Por ello, no es de extrañar que los chamos, sin importar la edad, resintieran el encierro. ¡Vamos! La sociabilización es algo necesario para el desarrollo humano.

Tomando en cuenta lo antes dichos, no nos debe extrañar el hecho de que la sociedad ha hecho todo lo posible para que los jóvenes sigan estudiando. Han planteado todos los escenarios y los pusieron a prueba para encontrar una forma en la que los chamos puedan volver a la escuela con sus clases presenciales, y a la vez no aumentar las cifras de infectados con coronavirus.

Así las cosas, esta semana se realizó en Caracas y otras partes, una prueba piloto. Los niños han vuelto —respetando las medidas de bioseguridad—a la escuela. Con estas pruebas, que al parecer resultaron ser positivas, el ministerio y los educadores estarían contemplando la posibilidad de asumir los riesgos de ir hacia una modalidad semipresencial para el mes de enero del 2021. Hasta ahora, la mayoría de las escuelas estaban aceptando a los estudiantes con sus representantes una vez por semana. Esto, se realizaba para que el representante recibirá las indicaciones, directrices de cómo debía trabajar con los chamos en la casa.

¿Qué se puede decir de esta prueba? Lo que yo he investigado —y que me ha llegado a través de diversas fuertes cercanas— es que los jóvenes demostraron mucha civilidad. Respetaron las condiciones, usaron de forma correcta las barreras de protección e hicieron todo lo posible para que el proceso llegara a buen puerto. Con ello, los chamos nos dieron un ejemplo. Porque si comparamos el comportamiento de ellos, con el que se observa en las calles de Caracas, queda claro que hay una sociedad de relevo que es capaz de tomarse las cosas en serio. Mientras, en las calles de la Gran Caracas, mucha gente anda a la buena de Dios, usando la mascarilla de forma incorrecta; yendo de un lado a otro, o aglomerándose sin tomar en cuenta el aforo de los establecimientos. Esta semana, por lo menos, me dio la impresión de que mucha gente —más allá de los problemas socioeconómicos que nos aquejan— está desesperada y ya le importa poco si se contagian o no. Si comparamos, los adultos, que debemos dar el ejemplo, hemos sido vapuleados por los jóvenes.

Además, aprovecho este momento y espacio para darle un mensaje de aliento, presentar mis respetos y dar mi apoyo al gremio docente. Ya pertenezcan al sector público o al privado —Con mucha frecuencia las maestras dan clases en instituciones privadas y públicas al mismo tiempo—— nuestros maestros siguen ganando sueldos muy bajos. Y, seamos sinceros, los docentes realizan una labor pesada, titánica e importante para la sociedad. Ellos deben educar a las futuras generaciones (a veces haciendo el trabajo que los representantes deberían haber hecho en casa), pero también tienen que lidiar con las cosas buenas y malas de los chamos; y eso sin contar que también deben tolerar a los representantes que, con mucha frecuencia, no suelen ser peritas dulces. Así que seamos sinceros: dar clases no es una tarea para cualquiera. Pero, en nuestro país le pagamos menos que a cualquiera y los tratamos con la punta del zapato.

A ellos —docentes y estudiantes por igual— mis respetos por el esfuerzo que están haciendo.